Me gusta mirarte.
Me gusta calarme de tus
ojos verde esperanza, calarme fuerte,
calarme como cala la
lluvia un día de invierno. Calarme de tal
forma que se me hielen los
huesos, que se me enfríe el alma pero
que a la misma vez, de
tanto frío, consigas derretir mi corazón.
Me gusta colgarme de tu
sonrisa. De todas tus sonrisas.
De esa sonrisa de niño
pequeño que sueltas de vez en cuando,
de la sonrisa tímida que
me sorprende cada vez que la utilizas,
de la sonrisa de orgullo,
de decisión, de “he conseguido aquello
por lo que he luchado”,
de esa sonrisa que llega a cada parte
de mi ser y hace que mi
mano agarre mi pecho porque no puede más
de felicidad.
Me gusta que me atrapes. Y
de mil formas.
Que me atrapes con abrazos
fuertes y con el crujir de huesos,
que me atrapes con abrazos
a la mitad y con la prisa de
“voy a perder el maldito
tren”, que me atrapes entre tanta
gente desconocida pero que
comparte algo conmigo, que me
atrapes sin previo aviso o
en mitad de una conversación.
Y sobre todo me gusta que
me atrapes con tu música,
que consigas llenar cada
parte de mí y hagas que me
abra en canal a ti, que me
quites los miedos con una canción
y las inseguridades con un
álbum completo.
Me gusta. Me gustas.
