lunes, 27 de abril de 2015

Corrió escaleras abajo, el corazón le iba a mil por hora y el pulso le temblaba. Siguió corriendo por un largo pasillo, subió unas escaleras y pasó el ticket, luego, a lo justo, entró en el tren. Antes de sentarse intentó coger aire, estaba asfixiada de haber corrido tanto, por un momento pensó que se quedaba en esa estación a dormir.
Buscó algún sitio libre y se sentó, miró sus manos, seguían temblando y todavía tenía la entrada en sus manos. Decidió guardarla ya que no quería que se perdiera.
Una vez guardada miró por la ventana, hacía escasos segundos que el tren había puesto rumbo a su pueblo.

Comenzó a recordar el día de hoy y sentía como el corazón se le encogía y como las lágrimas se amontonaban en sus ojos. Sentía que le faltaba algo, sentía que le habían arrebatado un trozo de su vida, que se lo habían despegado para siempre.
Por un momento quiso levantarse y comenzar a golpear lo primero que se encontrara en aquel maldito tren pero sabía que esa no era una buena actitud, al igual que tampoco ponerse a llorar.

Cerró los ojos para así intentar tranquilizarse pero los recuerdos comenzaron a agolpar su mente, haciéndola temblar de nuevo e incluso sollozar.

Recordaba a la perfección su cuerpo bajo aquel escenario y recordaba aquellos bailes y aquellas canciones cantadas por él, también recordaba las lágrimas de ella y de sus amigas al igual que el abrazo colectivo que se dieron al saber que todas lo necesitaban.
Pero el recuerdo que más tenía presente era él saliendo de aquella discoteca, él andando hacia delante, él no mirando hacia atrás, él no escuchando los 'te quieros' ni los 'eres el mejor ídolo del mundo', él no escuchándolas, ni sonriéndoles, ni mirándolas. Él haciendo como que ellas no existían.

Las lágrimas salieron de sus ojos ya que no podía contenerse más, cada vez que parpadeaba recordaba a su ídolo alejándose de ellas sin  ni si quiera despedirse. El recuerdo la estaba atormentando e incluso tuvo ganas de dar marcha atrás, de que todo lo ocurrido no hubiese sido real, de que ella no hubiese ido a ese maldito concierto.

¡Te queremos!
¡Eres el mejor ídolo del mundo!
¡Pequeño!

Un sudor frío y la almohada empapada hizo despertarla de esa puta pesadilla, se sentó en la cama y miró cada póster suyo colgado de la pared. Con sólo de pensar que el sueño podía convertirse en realidad se le helaba la sangre y el corazón. 
Agarró la foto que tenía en su mesita de noche y la miró durante unos minutos, él no podía cambiar. No. Ella confiaba en él, casi podía decir que a ciegas confiaba en él. Él no podía fallarles, ni dejarlas, ni hacer como si no hubiese pasado nada, como si esos momentos, esas risas, esos recuerdos no hubiesen existido nunca.

Él no podía dejar de ser él, el niño que la volvió totalmente loca, el que la hizo reír hasta que le diese dolor de tripa, el que le secó las lágrimas cientos de veces y él que le hizo conocer a amigas de verdad.
No, definitivamente él no podía dejar de ser él. Él no podía dejarlas, a ellas no.

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